«Jamás volveré a criticar a un cocinero»

Natalia Martínez, en el restaurante MasterChef, en Madrid. / IÑAKI MARTÍNEZ
Natalia Martínez, en el restaurante MasterChef, en Madrid. / IÑAKI MARTÍNEZ

La langreana Natalia Martínez se despidió de MasterChef tras nueve semanas. «Ahora pruebo cosas nuevas, pero tampoco tengo el nitrógeno en la nevera»

JOSÉ L. GONZÁLEZ

Natalia Martínez (Langreo, 1990) consiguió llegar a la novena semana del programa MasterChef. Nueve episodios en los que rió, aprendió, discutió y lloró, pero, sobre todo, disfrutó. Durante esta semana está «por los madriles», echando una mano en la cocina del restaurante que este espacio televisivo tiene en la capital.

-¿Seguirá con la cocina?

-Solo quedan tres meses para mi boda, así que no me planteo empezar en nada. Ya no estoy trabajando en la marmolería, porque han metido a otra chica y han prescindido de mí. Buscar trabajo ahora es una faena para cualquiera que me contrate. Pensaré lo que hacer, si empreder un negocio hostelero por mi cuenta o dedicarme a algo relacionado con la administración.

-¿Le atrae la hostelería?

-Por supuesto. Me encanta comer y para comer tienes que cocinar. Y más después de esta experiencia, que te anima a aprender.

-¿Ha cambiado mucho su forma de cocinar?

-Intento innovar, yo era de cocina tradicional. Ahora me abro a probar cosas nuevas. Tampoco es que haga vanguardia todos los días ni que tenga el nitrógeno en la nevera.

-Durante todo el programa parecía dominar la situación y en su eliminación se la vio desbordada. ¿Qué pesa más en MasterChef, los nervios o los conocimientos?

-Mucha gente puede decir que estaba como a mi bola, pero lo que me pasaba era que tenía anginas y 39 de fiebre. Mi cabeza no estaba para pensar en nada, solo quería irme a la cama, tomar un ibuprofeno y quedarme con la manta. Tenía claro que iba a un concurso de cocina a disfrutar de la cocina y de la comida. Ahí ya estaba un poco quemadilla por tanto rollo, discusión y estas tonterías de la convivencia que surgen. No quería dejar mi imagen por los suelos. Con esto no digo que tirara la toalla.

-¿Tanto desgasta la convivencia?

-No dejamos de ser 15 personas adultas, cada una con sus rarezas y costumbres. Te encierran sin comunicación con el exterior, sin móvil ni nada con lo que evadirte. Hay días buenos y malos. Tampoco es que nos lleváramos tan mal, a día de hoy hablamos a diario.

-¿Se llegó a sentir intimidada por los conocimientos de sus compañeros?

-Me hacía mucha gracia porque decían 'yo hago un sashimi que te mueres', 'yo hago un tataki', ' yo hago un tartar'... Pero lo que más gracia me hacía es que luego no saben hacer unas simples lentejas. Me decía a mí misma que quizá soy diferente al resto y vivo en un mundo paralelo, pero lo que hago en mi casa son lentejas, no tataki.

-Con quien se vio una relación especial fue con Pepe Rodríguez.

-Aparte de que fuera mi mentor, creo que conectamos desde el primer momento. Tiene unos orígenes muy humildes y como quien dice también viene de pueblo. Creo que me valoró como una chica que era eso y ya está, que no tenía nada por detrás. Aparte de darme mucha caña, luego tenía una parte muy grande de humanidad hacia mí.

-¿Vendrá a su boda como prometió?

-La invitación se la he dado. Ya le dije que lo había dicho en la tele y que el que queda mal es él. Decir, dijeron los tres que venían.

-¿Se imaginaba que la cocina profesional era tan dura?

-No. Es más, jamás volveré a criticar a ningún cocinero, ningún plato que no me guste. Voy a ser superbenévola, paciente con los camareros y los cocineros porque hacen una labor extraordinaria.

-¿Se ve de nuevo en televisión?

-Soy de las que nunca dicen no. En Asturias, que es tan pequeño, me animaría a un programa de cocina o a ir por los pueblos haciendo catas gastronómicas, que aquí nos lo curramos mucho. Nunca digo no.

 

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